Alguien dijo una vez que el humor es como el sentido común bailando. Es posible que esta definición no aclare nada, pero no las hay mucho mejores. Ni siquiera Woody Allen lo acaba de tener claro: “El humor es algo complicadísimo y resulta difícil llegar a verdades generalizadas al respecto. Creo que en la comedia, al igual que en una partida de ajedrez o un partido de béisbol, entran en juego mil y un elementos psicológicos, y desconocidos. Es más profundo de lo que uno cree”. Con todo, como se recoge en el libro “Conversaciones con Woody Allen” de Eric Lax, el director de cine lleva 30 años dando pistas sobre su método para hacer reír. Las suficientes para que podamos imaginarnos cuál sería su decálogo humorístico.

1. Partir de una situación real.

Allen cree que un chiste no puede partir de una situación inverosímil, sino de una cotidiana. “Si la persona dijera: ‘Eh, esa plaza de aparcamiento es mía, llevo esperando una hora’, habría que sacar el chiste de ahí. No puedes hacer que la persona diga: ‘Esta mañana me he comprado un coche que mide cinco metros de largo, así que necesito una plaza de cinco metros para aparcarlo’. Solo puedes llegar hasta donde el planteamiento de una historia te permite llegar, sin forzarla”, afirma Allen. No obstante, escribir un chiste gracioso no es suficiente si uno no es consciente del siguiente peligro:

2. Una palabra de más arruinará tu mejor gag.

Según Allen, escribir un chiste es parecido a escribir un poema. El cómico tiene que trabajar con los matices, el oído y la métrica, y si quita una sola sílaba de una frase la gracia de un gag se puede ir al garete. “Hay veces que un corrector me corrige algo de un relato y le digo: ‘Pero ¿no te das cuenta de que si le añades una sola sílaba ya no tiene ninguna gracia?’”, asegura. “Cuando unos escribe un chiste, la concisión es fundamental”. “Por otro lado –continúa Allen–, cuando uno cuenta o escribe un chiste, el factor de la concisión es fundamental, como ocurre con la poesía. En muy pocas palabras condensas un sentimiento y todo depende de lo bien equilibradas que estén. Por ejemplo: ‘No tengo miedo a morir. Simplemente no quiero estar presente cuando eso suceda’ es una frase que expresa algo de forma sucinta y si se emplea una sola palabra de más o menos pierde fuerza”. Pero no crean que con tener un chiste con las palabras justas basta. En realidad, eso no vale absolutamente para nada porque…

3. El chiste sólo es un medio.

Lo importante no es lo que dice el guión, sino cómo se dice. Según Allen, una historia graciosa no vale nada sin un personaje que la sustente. “En el mejor de los casos, los chistes sirven de vehículo para presentar un personaje. Los chistes son el medio que tienen los humoristas de exteriorizar una personalidad o una actitud. Como Bob Hope. Uno no se ríe de los chistes sino de un tipo vanidoso, cobarde y lleno de falsa bravuconería. De lo que uno se ríe en todo momento es del personaje”. Es más, en opinión de Allen, existen ocasiones en que ni siquiera es necesario que el chiste sea gracioso: lo importante es quién lo cuente.

4. Crear un personaje.

Siguiendo el ejemplo de su admirado Bob Hope, Allen se creó el personaje de alguien que cree triunfar con las mujeres y que bascula entre la cobardía y la vanidad. “Hope siempre hacía del típico inocentón. Y eso que él no tiene tanta pinta de inocentón como yo; yo parezco más tontín, más intelectual”, asegura. El personaje de Allen es un hombrecillo neurótico y urbanita, que se ve envuelto en tramas relacionadas con las relaciones humanas, marcado por los conflictos psicológicos. “Se trata de un nivel de conflicto muy actual donde el detonante del problema son pequeños motivos psicológicos: uno choca con las mujeres porque las elige mal. El germen de la destrucción reside en uno mismo, lo cual resulta difícil de llevar al cine en una comedia, ya que este es un género que se presta a la presencia física de grandes fuerzas opuestas”, asegura un cómico que, para bien o para mal, tiene claro cuáles son sus limitaciones.

5. No te puedes meter en cualquier piel.

Woody Allen está convencido de que no es un actor capaz de salirse de un registro interpretativo limitado. “Nunca voy a escribir una historia donde tenga que hacer, por ejemplo, de un sheriff sureño. Sólo soy creíble en ciertos papeles, como el de un urbanita cretino con pinta de intelectual de mi edad. No sería creíble, por ejemplo, en el papel de un héroe de los marines. Puedo encarnar versiones variadas de lo que soy, es decir, un personaje típicamente neoyorquino. Y eso no me deja mucho margen de maniobra. El público aceptará que represente ciertos momentos serios dentro de una comedia, pero no una película seria. Nunca podría interpretar un personaje realmente serio. Quedaría ridículo”.

6. No importa el género, lo crucial es el personaje.

El director de “Annie Hall” cree que todos los géneros son parodiables. No obstante, más allá de lo graciosa que pueda resultar una comedia del Oeste, el verdadero mérito es hacer una comedia en la que la gracia no dependa del argumento, sino del personaje en sí. “‘Play it again Sam’ era una comedia de este tipo –explica Allen–, no era su argumento lo que hacía reír, como cuando Tony regresa de un viaje de negocios y yo tengo que esconderme detrás de la puerta. Lo que hace reír es ver el desarrollo de una personalidad sumamente neurótica y excéntrica en una situación concreta, pero no como en una película argumental del estilo ‘Some like it hot’ y ‘Adan’s rib’”. ¿Significa esto que el argumento no importa? No exactamente.

7. El argumento sí es importante.

Allen piensa que el argumento le viene bien a la comedia. Tiene un motivo de peso para pensar así: “Cuando uno hace una comedia carente de argumento como ‘Bananas’, lo que se plantea es una auténtica hazaña. Hay que ser gracioso de principio a fin; al cabo de una hora de película de nada sirve lo que se ha sembrado una hora antes, el final debe ser seis veces más divertido. En cambio, cuando uno parte de una premisa y tiene una historia entre manos, al final saca provecho de todo lo sembrando por el camino”. No resulta extraño pues que Allen considere que Aterriza como puedas está entre las diez mejores comedias de la historia. Y es que, esta película es la cuadratura del círculo de la comedia: tiene ritmo pese a no tener argumento.

8. El ritmo es un problema.

La falta de ritmo es uno de los principales lastres de las comedias. Entre otras cosas porque, como explica Allen, las comedias establecen un pacto con el espectador desde el principio: “No me tomes en serio, voy a utilizar todos los recursos posibles para hacerte reír”. Así que hay que mantener un ritmo febril para mantener el interés del espectador. “Incluso las mejores comedias pecan en algún momento de languidez. De vez en cuando das con un hallazgo como ‘Duck soup’, que prácticamente no tiene un solo punto muerto. El problema cuando se hace una comedia es que te pisa los talones cual monstruo voraz ese afán por una acción trepidante y diversión sin tregua”, afirma el director.

9. El humor no es hostilidad disfrazada.

Algunos humoristas han hecho de la ira su mejor arma. El mundo de la sátira política está lleno de ejemplos. Allen no es uno de ellos: “He descubierto que si siento verdadera hostilidad hacia un tema no puedo escribir nada divertido al respecto. Si escribiera sobre la administración Nixon, me saldría algo hostil y nada divertido. Puede que yo tenga otras fuentes de inspiración para hacer humor. Sé que si escribiera sobre Ingmar Bergman o sobre Kafka, por los que siento devoción, me saldría algo divertido y sin un ápice de hostilidad hacia ellos”.

10. El éxito puede convertirte en un cenizo.

El dinero y la fama vuelven tonto a cualquiera. Pero, además, a un humorista le pueden convertir en alguien pretencioso y sin gracia. “Con los años alcanzas ciertas cotas de éxito y tratas de elevar el tono de tu trabajo. Es entonces cuando fracaso de la forma más bochornosa. Cuesta mucho seguir centrado y no acabar dogmatizando a diestro y siniestro”, asegura el cineasta estadounidense. Pero los peligros no acaban ahí. La búsqueda de los humoristas siempre se orienta hacía la aprobación por parte del espectador: “Uno siempre es el suplicante, el que desea complacer y provocar la risa afectuosa. Pero cuando logran su objetivo y se hacen mil veces más ricos que su público dejan de ser suplicantes. Han cenado en la Casa Blanca, son ricos, van en limusina, han hecho el amor con las mujeres más bellas del mundo… Y, de repente, les resulta difícil hacer el personaje del perdedor, porque no lo sienten. Les cuesta mucho más vender la imagen del suplicante. Si no vas con cuidado, corres el riesgo de dejar de tener gracia”.

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