Allen adora Londres porque es gris y lluvioso. De ahí que el solazo que caía en Notting Hill el pasado miércoles le pusiera de morros. “Es el tipo de día que odio. En mi vida y en el cine”, gruñía en el rodaje de su nuevo largometraje, aún sin título. Su desazón estaba provocada también porque filmaba una secuencia en la que Josh Brolin y Freida Pinto se encuentran en un café modernito, el Beach Blanket Babylon. “Todos sabemos que si la secuencia chico conoce a chica es lluviosa, hay lío. Pero si hay sol, el resultado es platónico”, afirmaba el experto de 73 años.

Una máquina de lluvia artificial intentaba apaciguar al director jarreando frente a los ventanales del local mientras sorprendía a los viandantes, que ni se habían dado cuenta del rodaje. Al neoyorquino le gustan los equipos reducidos, casi invisibles. Tampoco se hubieran percatado de la presencia de Allen si no fuera porque, a pesar de los 30 grados que hacía en la calle, organizaba el rodaje vestido a su estilo: pantalones caquis, calcetines de lana, camiseta blanca bajo la camisa de manga larga y el omnipresente gorro de tela de gabardina. “Fue igual en Barcelona, donde siempre hace sol”, decía aceptando su destino.

Le queda ya poco rodaje de su nuevo filme, porque estamos en la jornada 28 de un plan de 35 días. Como es habitual, prefiere no dar detalles, y no tendrá título hasta el montaje. “Es una comedia dramática sobre vidas maritales, amorosas, profesionales…”, dice lacónico. “Como ‘Vicky Cristina Barcelona’, donde tienes una historia seria con la que te ríes”, advierte.”Es una comedia dramática sobre vidas maritales”, dice el directorAzorado, aclara que, “como ciudadano”, le interesan temas como “la integración racial, la legalización del aborto o los condicionamientos sociales”. Pero, como cineasta… “Ya sabes, lo de siempre, la edad, la muerte, la religión”. En esta ocasión la motivación procedió de Pinto. “La película es una excusa para rodar con Freida”, confiesa como niño pillado en falta. Una excusa en la que también participan Brolin, Anthony Hopkins, Naomi Watts, Antonio Banderas… “Me he llevado con él de miedo, aunque llevaba un poco de susto en el cuerpo”, reconoce el español tras rodar con Allen durante 10 días. Interpreta al dueño de una galería de arte “poderoso, encantador y muy guapo, con ese aire internacional suyo”, describe Allen. La frase vale tanto para el actor como para el personaje.

Sin embargo, en Londres hay huellas claras que refutan la leyenda de que Allen no dirige a sus actores. “Lo que ocurre es que es de una sutilidad increíble”, comenta Banderas. El director, que rara vez se sienta detrás del monitor, se pasea por entre las mesas como un curioso en su propio rodaje, acercándose a Brolin o a Pinto entre tomas para decirles algo al oído. “¡Cómo voy a cambiar las palabras de Woody Allen! Pero es lo que te pide”, dice Pinto un poco cohibida. Brolin, que trabajó con Allen en Melinda y Melinda, es ya un experto. “Te dice que hagas lo que quieras y, cuando lo has hecho, vuelve con eso de haz lo que quieras pero no lo hagas así”, dice con indignación fingida.

El último plano ha hecho sudar a Brolin. Recurre a un ventilador de mano entre tomas mientras repite la secuencia una y otra vez. Adiós a otro mito, el de que Allen es de los que en la primera toma tiene lo que quiere. “Sigue siendo un número muy pequeño comparado con otros. Sin embargo, hoy tenemos el problema de la lluvia”, se resigna con ironía ante el sol.El director de fotografía Vilmos Zsigmond hace lo que puede para salvar el día. Se le ve agobiado. Tanto, que una pareja de turistas de Vigo que pasa cerca le toma por el director. Vienen de curiosear la librería que se hizo famosa con el filme Notting Hill y se han encontrado con esto. Después de un rato, siguen su camino. “Los rodajes no son tan placenteros. Uno se levanta temprano y se pasa el día esperando a que Vilmos ponga las luces durante dos o tres horas; y a mí me da 30 segundos para hacer la secuencia antes de pasar a la siguiente”, se queja Allen.

Al menos, mientras tuvo a Banderas por aquí, el neoyorquino aprovechó para charlar con el español de música (John Pizzarelli) y de teatro (Adulterios). Donde más disfruta este vampiro es en la sala de montaje, en un clima controlado a salvo del sol. “El próximo domingo ya estaré de vuelta en Nueva York”, anticipa con ilusión. Allí también encontrará el título, algo que nunca decide hasta saber qué película le ha salido. “Si no es muy buena, le doy un título nada llamativo ni prometedor. Así evito los desengaños. Pero si es buena le pongo un nombre agresivo, seguro, y espero lo mejor”, dice malicioso. No, no da ejemplos pero pone cara de esperar lo mejor.

por Rocío Ayuso

Fotos de ese día y otros de la filmación aquí.

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